Liderazgo

Hace ya varios años que comencé a interesarme por el tema del liderazgo, sobre todo porque suelo sentirme frustrada en mis trabajos y esto me ha llevado a la pregunta acerca de qué es lo que falla. Estoy ahora leyendo un libro de Marcia Reynolds que está dirigido sobre todo a líderes. Yo no ocupo una posición de este rango, pero tengo y he tenido jefes que no dejaron en mí la sensación de haber tenido un mentor o lider de quién aprender y que me permitieran desarrollar una carrera satisfactoria (solo en un caso y duró poco porque dejó la empresa debido a que su estilo no era acorde a los fines comerciales de la firma). Claro que yo no estoy exenta de “pecado”. Mis exigencias e impaciancia no fueron exactamente una buena base.

Ayer, leyendo el libro de Reynolds, encontré un párrafo que resume en pocas palabras lo que me hubiese gustado encontrar en algunos de mis jefes:

“[…] in which his own leaders challenged him to take on new tasks and roles, which helped him to feel like a significant player on a team that had a clear and important purpose. They also ensured he had the resources to succeed in his own way.” (The Discomfort Zone: How Leaders Turn Difficult Conversations Into Breakthroughs, Ed.Berrett-Koehler Publishers,  Oct. 2014, page. 136)

Y si intento reducir aún más este resumen, minimizarlo lo máximo posible, creo que me quedo con 5 palabras, las cinco marcadas en rojo: feel-purpose-his own way.

Luego de tantos años en el mercado laboral (mercado de oferta y demanda como cualquier otro, regido por las mismas leyes de conveniencia e interés económico), y de no haber conseguido adaptarme del todo a las reglas del juego, me sigue interesando el tema del liderazgo porque creo que es aplicable a todas las zonas del nuestra actividad diaria. Ser una buena madre es también saber guiar, liderar, a nuestros hijos hacia el éxito; el éxito que ellos deseen alcanzar y que no se refiere -solamente- a lo económico. Por otro lado, el tema me interesa desde el punto de vista sicológico y sociológico, la función del guía no ya espiritual sino “mental” en un mundo caótico, la capacidad de sacar lo mejor de los demás, el rol social que cumplen estas personas que -sin buscarlo en muchos casos- tienen seguidores naturales y, final y lamentablemente, la actual carencia de líderes entre los actuales políticos del país en el que vivo.

Liderazgo

Ambición

Me gusta creer que todos los errores cometidos, todas las malas decisiones en mi vida profesional, a lo largo de una carrera con metas que siempre se han ido alejando (un esfuerzo abismal contra el ego), me gusta creer -repito-, que dichas insuficiencias han sido necesarias para los aciertos afectivos, para la maternidad tal como la concibo, para la presencia no solo física sino también mental y la creación -responsabilidad adulta- de los lazos seguros e incondicionales que hoy nos unen. Me aterra pensar que pueda ser en vano.

Cuando pasen los años, más de los que han pasado, quiero mirarme al espejo y aunque otras carencias puedan abogiarme, poder decir con certeza que -al menos- he sabido ser madre.

Ambición

Voz pendiente

“A woman with a voice is, by definition, a strong woman. But the search to find that voice can be remarkably difficult.”, Melinda Gates

 

Huir es mucho más fácil que quedarse. El problema es que no siempre tenemos a mano la salida, o nos llega la hora en que el exilio va por dentro; en realidad no estamos, hace tiempo que nos fuimos, que somos pasado, que la memoria se nos hizo trizas, que el derrumbe nos bloqueó el camino que podía conducirnos a algún lugar amado.

Voz pendiente

Libre

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Kids4Peace (https://erratasmlb.files.wordpress.com/2016/12/20161125_120347.jpg)

 

Me dijeron que una vez en Israel también yo llegaría a odiarlos. Me dicen todos los días que acá jamás habrá paz.

No acepto el cómodo fatalismo ni la creencia en la imposibilidad del cambio. Es más fácil aceptar que luchar. Mas algunos somos inconformistas de alma, para bien y para mal, para lo que tiene remedio y lo que parece no tenerlo; para las cosas importantes y las banales. No hacemos mucha diferencia y a veces nos caemos -irremediablemente-. Nos levantamos y renqueamos pero seguimos creyendo en la otra pierna y en el brazo que nos sostenga cuando debamos dar un salto o salir corriendo.

Otros conflictos han llegado a su fin.

Otros imposibles se han hecho realidad. Y el día que comience a odiarlos, me habrán vencido aquellos que creen que estamos destinados al fracaso; nos habrán vencido quienes tienen su interés invertido en que las llamas de este conflicto sigan ardiendo.

No, no me dejo vencer tan fácilmente por los estereotipos y las generalizaciones. Ese es mi pequeño gran espacio de Libertad.

Libre

Anillo

 

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Hay anillos para todo. Están los anillos de compromiso.

Hoy me llegó un anillo que compré por internet luego de mucho buscar. Quería que fuera dorado y ancho. Por fin dí con uno que me resulto suficientemente atractivo: su forma se asemeja a las láminas doradas de los envoltorios de los chocolates. Yo, como tantos, tenía por costumbre separar la lámina dorada del papel blanco y alisar la lámina dorada para luego envolverme con ella el dedo como si fuera un anillo. Ahora, el anillo me recuerda a la lámina, al chocolate y a una vieja y amada costumbre.

Una tiene compromiso también con sus recuerdos.

Anillo

La primera vez siempre duele. Y la segunda también

No es la primera vez que me ocurre el  sentir que no existe ningún sitio en esta tierra en el que pueda llegar a sentirme a gusto del todo. Y no es una sensación agradable.

La política en Israel está en bancarrota. Nuestro país está gobernado por un grupo de elitistas radicales que no parecen haber aprendido nada de la historia de nuestro pueblo. El bien más preciado para el judaísmo es la vida. La Torá no habla de convertir a los otros sino de aceptar sus dioses y creencias bajo la ética del respeto. La venganza no es un mandamiento que se cuente entre los que he leído durante mis años de estudio del viejo testamento y creo que es un error de conceptos considerar el judaísmo como una religión. Un ateo no deja de ser judío por no creer en dios. Me considero agnóstica y judía. Pero la religión tiene un peso tan sofocante en este país, está tan arraigada a la política, que en cualquier momento nos harán pagar diezmo a todos aquellos que no vayamos a la sinagoga los sábados.

Pero no es solo la religión. Está también la jutzpá, que muchos aceptan como algo natural e incluso positivo. Jutzpá vendría a ser algo así como el atrevimiento. Atreverse puede ser algo útil. Ser un atrevido, ya es otra cosa. Este país está repleto de individuos que creen que todo les está permitido. Y cuando digo todo, me refiero a todo: lo tuyo es mío y lo mío es mío. Y no se lo callan. Lo gritan, literalmente hablando.

Claro que uno se topa tal vez con una de estas personas cada día, solo una. Muchas menos que las que no te han agredido verbalmente. Pero uno así hace más ruido que los otros cien con los que te topaste y no te hicieron nada y, si no te lo tomás con calma, puede llegar a arruinarte el día. Entonces es cuando me pregunto si no debería irme a otro lado un poco más civilizado, con gente más amable, menos descarada. Y recuerdo mis años viviendo en Uruguay. Cuando en primer año de escuela me dijeron que era una judía de mierda o cuando en el liceo vi colocar las rejas de metal para protegernos porque habían amenazas de atentados (iba a un liceo judío luego de que mi primer año de liceo me volvieron a decir que era una judía de mierda porque le conté a una amiga que otra chica llevaba lentes de contacto), o cuando en la universidad un profesor no me dejó pasar tras hacer tres veces un exámen para el que había estudiado todo el día y toda la noche porque “no se me entendía la letra” y luego me dijeron que me olvidara, que si era judía no me iba a dejar pasar. O cuando un grupo de las que se suponía eran mis mejores amigas me dejaron de hablar porque las había ofendido (nos habíamos reunido para estudiar y como no estábamos estudiando sino matando el tiempo y yo necesitaba cierta nota para no perder el curso, me fui) y “era de esperar porque así son los judíos”, dijo una de ellas con una mueca bastante desagradable que hasta hoy recuerdo. Fueron meses de aislamiento para mí. Reconozco que me quebré bastante. O cuando a mi  hermano no le dieron la bandera en la escula por el mismo motivo.

Seguramente fueron más las personas con las que me crucé que no tuvieron problema alguno con mi identidad de las que sí lo tuvieron. Pero para mí fue suficiente. Jamás me sentí pueblo en Uruguay. Juro que lo intenté.

¿Y a dónde te vas a ir? ¿A Estados Unidos que tienen problemas raciales no menos intolerables? ¿A Argentina que jamás ha hecho justicia a los atentados perpetrados? ¿A España, que no saben siquiera lo que es un judío? ¿A Europa que cada vez  se radicaliza más? No, te vas a tu casa. Con tu familia. Tus amigos. Tu patria se reduce. La identidad se vuelve algo personal, individual. Algo menos concreto, indefinible. Sin consenso.

Y quizá, a fin de cuentas, es el mayor provecho de todos estos eventos. Yo me defino a mí misma y  decido no definirme, no poner límites concretos al ser humano que puedo llegar a ser.

 

La primera vez siempre duele. Y la segunda también