La primera vez siempre duele. Y la segunda también

No es la primera vez que me ocurre el  sentir que no existe ningún sitio en esta tierra en el que pueda llegar a sentirme a gusto del todo. Y no es una sensación agradable.

La política en Israel está en bancarrota. Nuestro país está gobernado por un grupo de elitistas radicales que no parecen haber aprendido nada de la historia de nuestro pueblo. El bien más preciado para el judaísmo es la vida. La Torá no habla de convertir a los otros sino de aceptar sus dioses y creencias bajo la ética del respeto. La venganza no es un mandamiento que se cuente entre los que he leído durante mis años de estudio del viejo testamento y creo que es un error de conceptos considerar el judaísmo como una religión. Un ateo no deja de ser judío por no creer en dios. Me considero agnóstica y judía. Pero la religión tiene un peso tan sofocante en este país, está tan arraigada a la política, que en cualquier momento nos harán pagar diezmo a todos aquellos que no vayamos a la sinagoga los sábados.

Pero no es solo la religión. Está también la jutzpá, que muchos aceptan como algo natural e incluso positivo. Jutzpá vendría a ser algo así como el atrevimiento. Atreverse puede ser algo útil. Ser un atrevido, ya es otra cosa. Este país está repleto de individuos que creen que todo les está permitido. Y cuando digo todo, me refiero a todo: lo tuyo es mío y lo mío es mío. Y no se lo callan. Lo gritan, literalmente hablando.

Claro que uno se topa tal vez con una de estas personas cada día, solo una. Muchas menos que las que no te han agredido verbalmente. Pero uno así hace más ruido que los otros cien con los que te topaste y no te hicieron nada y, si no te lo tomás con calma, puede llegar a arruinarte el día. Entonces es cuando me pregunto si no debería irme a otro lado un poco más civilizado, con gente más amable, menos descarada. Y recuerdo mis años viviendo en Uruguay. Cuando en primer año de escuela me dijeron que era una judía de mierda o cuando en el liceo vi colocar las rejas de metal para protegernos porque habían amenazas de atentados (iba a un liceo judío luego de que mi primer año de liceo me volvieron a decir que era una judía de mierda porque le conté a una amiga que otra chica llevaba lentes de contacto), o cuando en la universidad un profesor no me dejó pasar tras hacer tres veces un exámen para el que había estudiado todo el día y toda la noche porque “no se me entendía la letra” y luego me dijeron que me olvidara, que si era judía no me iba a dejar pasar. O cuando un grupo de las que se suponía eran mis mejores amigas me dejaron de hablar porque las había ofendido (nos habíamos reunido para estudiar y como no estábamos estudiando sino matando el tiempo y yo necesitaba cierta nota para no perder el curso, me fui) y “era de esperar porque así son los judíos”, dijo una de ellas con una mueca bastante desagradable que hasta hoy recuerdo. Fueron meses de aislamiento para mí. Reconozco que me quebré bastante. O cuando a mi  hermano no le dieron la bandera en la escula por el mismo motivo.

Seguramente fueron más las personas con las que me crucé que no tuvieron problema alguno con mi identidad de las que sí lo tuvieron. Pero para mí fue suficiente. Jamás me sentí pueblo en Uruguay. Juro que lo intenté.

¿Y a dónde te vas a ir? ¿A Estados Unidos que tienen problemas raciales no menos intolerables? ¿A Argentina que jamás ha hecho justicia a los atentados perpetrados? ¿A España, que no saben siquiera lo que es un judío? ¿A Europa que cada vez  se radicaliza más? No, te vas a tu casa. Con tu familia. Tus amigos. Tu patria se reduce. La identidad se vuelve algo personal, individual. Algo menos concreto, indefinible. Sin consenso.

Y quizá, a fin de cuentas, es el mayor provecho de todos estos eventos. Yo me defino a mí misma y  decido no definirme, no poner límites concretos al ser humano que puedo llegar a ser.

 

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La primera vez siempre duele. Y la segunda también

4 thoughts on “La primera vez siempre duele. Y la segunda también

  1. Una se siente ridícula dando “like” a un texto donde otra persona se desnuda integralmente dejando al descubierto todas sus vísceras. Y aún se siente más ridícula cuando lo único ético que puede decir es que no tiene experiencia de “exclusión” social cultural racial política o religiosa y por tanto solo puede ofrecer su solidaridad en forma de abrazo.

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  2. Blue says:

    No te preocupes, Maia. Te leo y me parece que escucho esta música todos los días, españoles que dicen que no se sienten españoles y que les gustaría estar en otro sitio donde no se sientan extraños. No sé qué pasa, pero parece que el mundo se está convirtiendo en un lugar incómodo. Nunca tanto antes -que yo recuerde- se ha hablado tanto de tolerancia y de respeto, y nunca ha habido menos.
    Me gusta lo que has contado, pero yo siempre pensé que en Uruguay todo era “lindo”.

    Besos.

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    1. Pues ya ves que no, como en todos lados. Uruguay tiene costas hermosas, gente amable y arte de gran calidad. Pero también es un país que no reconoce su propio racismo. No hay negros en altos puestos de trabajo, no recuerdo haber visto a ninguno con auto propio ni en la universidad. En mi escuela había uno solo y era hijo de diplomáticos. Luego hablan del apartheid en Israel…En fin, que jamás acabo de comprender a este mundo.

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