Los hijos del casi seguro

Casi nos vamos. México. Pero al final no. Yo yo estaba imaginando mi rutina: gimnasio todos los días y retomar la escritura al ritmo de 4 o 5 horas diarias. No haría falta tener un sueldo fijo por mi parte para ganarnos el pan. El pan que no como, la chica que me ayudaría con la limpieza con la que acá no cuento y ni falta que me hace, las horas de lectura que acabaría perdiendo en la manícura, el tiempo que digo que no tengo porque lo gasto en mirar el techo y pensar en lo bueno que sería irnos a vivir a otro lado. Alcanzaría con un sueldo. Sería fantástico. Viajaríamos con los chicos todos los fines de semana a un lugar distinto y aprenderían una nueva cultura. Me pusieron sobre aviso de la violencia. Dije que también acá hay violencia. Pero de otro tipo, me dijeron. Es cierto. No sé cuál es peor. Dijeron que no se puede manejar tranquilo allá, que te roban, que hay muchos asesinatos. Acá también me roban. El gobierno, que es alguien en quien uno debería poder confiar. Es como cuando el que te viola es tu tío o tu primo o tu padre. Una pierde la confianza en el futuro si aquellos que más deberían cuidarte te descuidan. Por eso empezamos a cansarnos y calculamos que irnos estaría bien. Al menos por un tiempo. Ya nos íbamos a arreglar. Pero al final no pasó nada y nos quedamos. Algún día tal vez nos vayamos atrás de nuestros hijos como se fueron nuestros padres tras nosotros. Y nuestros hijos se irán a otros sitios como nosotros pensábamos irnos y volveríamos a preguntarnos por qué fue que nos fuimos en primera instancia; por qué uno siempre está queriendo irse de todos lados: del trabajo, del barrio, de los amigos, de la pareja, del planeta. Para querer volver al mismo trabajo cuando te das cuenta que son todos una mierda, al barrio cuando descubrís que los vecinos no paran de hacer ruido en todas partes, a los amigos cuando ya no sabés cómo contar tus cosas porque aprendiste a hablar sola, a la pareja que acabó por casarse con otra y al planeta, que en cualquier momento acabaremos por destruir.

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Los hijos del casi seguro

Me llevó mucho tiempo comprender, como se aprehende, que las cosas importantes de verdad llevan mucho tiempo. Que lo que llega rápido, rápido se desvanece. Y no necesariamente porque desaparezca, literalmente hablando,sino porque el valor otorgado será casi siempre -y bien es que así sea- directamente proporcional al esfuerzo que la obtención de dicho beneficio nos ha exigido. Si está presente pero no es valorado es casi como si no estuviera. No será un logro. Será un regalo. Nada de lo que sentirse orgulloso. Como la belleza que nos toca o no en suerte. El logro será saber ver la belleza más allá de lo estipulado, más allá de las normas. Más allá incluso de nosotros mismos. Y eso, también lleva tiempo.