Anillo

 

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Hay anillos para todo. Están los anillos de compromiso.

Hoy me llegó un anillo que compré por internet luego de mucho buscar. Quería que fuera dorado y ancho. Por fin dí con uno que me resulto suficientemente atractivo: su forma se asemeja a las láminas doradas de los envoltorios de los chocolates. Yo, como tantos, tenía por costumbre separar la lámina dorada del papel blanco y alisar la lámina dorada para luego envolverme con ella el dedo como si fuera un anillo. Ahora, el anillo me recuerda a la lámina, al chocolate y a una vieja y amada costumbre.

Una tiene compromiso también con sus recuerdos.

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Anillo

La primera vez siempre duele. Y la segunda también

No es la primera vez que me ocurre el  sentir que no existe ningún sitio en esta tierra en el que pueda llegar a sentirme a gusto del todo. Y no es una sensación agradable.

La política en Israel está en bancarrota. Nuestro país está gobernado por un grupo de elitistas radicales que no parecen haber aprendido nada de la historia de nuestro pueblo. El bien más preciado para el judaísmo es la vida. La Torá no habla de convertir a los otros sino de aceptar sus dioses y creencias bajo la ética del respeto. La venganza no es un mandamiento que se cuente entre los que he leído durante mis años de estudio del viejo testamento y creo que es un error de conceptos considerar el judaísmo como una religión. Un ateo no deja de ser judío por no creer en dios. Me considero agnóstica y judía. Pero la religión tiene un peso tan sofocante en este país, está tan arraigada a la política, que en cualquier momento nos harán pagar diezmo a todos aquellos que no vayamos a la sinagoga los sábados.

Pero no es solo la religión. Está también la jutzpá, que muchos aceptan como algo natural e incluso positivo. Jutzpá vendría a ser algo así como el atrevimiento. Atreverse puede ser algo útil. Ser un atrevido, ya es otra cosa. Este país está repleto de individuos que creen que todo les está permitido. Y cuando digo todo, me refiero a todo: lo tuyo es mío y lo mío es mío. Y no se lo callan. Lo gritan, literalmente hablando.

Claro que uno se topa tal vez con una de estas personas cada día, solo una. Muchas menos que las que no te han agredido verbalmente. Pero uno así hace más ruido que los otros cien con los que te topaste y no te hicieron nada y, si no te lo tomás con calma, puede llegar a arruinarte el día. Entonces es cuando me pregunto si no debería irme a otro lado un poco más civilizado, con gente más amable, menos descarada. Y recuerdo mis años viviendo en Uruguay. Cuando en primer año de escuela me dijeron que era una judía de mierda o cuando en el liceo vi colocar las rejas de metal para protegernos porque habían amenazas de atentados (iba a un liceo judío luego de que mi primer año de liceo me volvieron a decir que era una judía de mierda porque le conté a una amiga que otra chica llevaba lentes de contacto), o cuando en la universidad un profesor no me dejó pasar tras hacer tres veces un exámen para el que había estudiado todo el día y toda la noche porque “no se me entendía la letra” y luego me dijeron que me olvidara, que si era judía no me iba a dejar pasar. O cuando un grupo de las que se suponía eran mis mejores amigas me dejaron de hablar porque las había ofendido (nos habíamos reunido para estudiar y como no estábamos estudiando sino matando el tiempo y yo necesitaba cierta nota para no perder el curso, me fui) y “era de esperar porque así son los judíos”, dijo una de ellas con una mueca bastante desagradable que hasta hoy recuerdo. Fueron meses de aislamiento para mí. Reconozco que me quebré bastante. O cuando a mi  hermano no le dieron la bandera en la escula por el mismo motivo.

Seguramente fueron más las personas con las que me crucé que no tuvieron problema alguno con mi identidad de las que sí lo tuvieron. Pero para mí fue suficiente. Jamás me sentí pueblo en Uruguay. Juro que lo intenté.

¿Y a dónde te vas a ir? ¿A Estados Unidos que tienen problemas raciales no menos intolerables? ¿A Argentina que jamás ha hecho justicia a los atentados perpetrados? ¿A España, que no saben siquiera lo que es un judío? ¿A Europa que cada vez  se radicaliza más? No, te vas a tu casa. Con tu familia. Tus amigos. Tu patria se reduce. La identidad se vuelve algo personal, individual. Algo menos concreto, indefinible. Sin consenso.

Y quizá, a fin de cuentas, es el mayor provecho de todos estos eventos. Yo me defino a mí misma y  decido no definirme, no poner límites concretos al ser humano que puedo llegar a ser.

 

La primera vez siempre duele. Y la segunda también

El color de la tristeza

Se suele decir que hay días “negros”, cuando uno lo ve todo oscuro y no encuentra la luz. En mi caso, hay días “transparentes”. Días en los que no me hallo. En los que soy la mujer invisible.

El color de mi alegría puede ser blanco y negro, la tinta virtual oscura que llena el fondo blanco de un papel virtual cuando escribo; una frase bien armada, un párrafo más en un texto que no consigo acabar pero que sé que avanza; con la misma confianza o anhelo con la que observamos los pasitos cortos de nuestros hijos cuando son pequeños. Confiamos en su crecimiento, en que “peguen el estirón” llegado el día.

La alegría puede ser claramente negra, una noche en paz en la intimidad del hogar. O azul, o de cualquier otro color. Nunca será transparente.

Transparente es la sensación de vacío que sentí hoy cuando me enteré que la editorial que iba a publicar mi libro de relatos el próximo mes cierra sus puertas. O la falta de emoción hacia ciertas cosas que deberían afectarme y ya no consiguen moverme ni una hebra de mis cabellos, por ser cursi. Transparentes son algunos libros. Algunas reuniones. Y, con el paso de los años, hasta me permito decir que varias personas o conversaciones se han vuelto del mismo tono: totalmente irrelevantes en mi vida.

Dicen que con los años nos volvemos más pacientes. Pero también dicen que nos volvemos más obsesivos y, por ende, más intolerantes. ¿Son dos actitudes contrarias o complementarias? Me ocurre que me he vuelto más paciente con respecto al tiempo que requiere ver los resultados de un esfuerzo. (Lo que no significa que no me afecte ver aplazados una y otra vez mis sueños.) También me ocurre, por contrapartida, que ya no tengo paciencia para ciertas actitudes, ni para las personas que hablan demasiado, o se ríen todo el tiempo, ni para escuchar por enésima vez las opiniones políticas ajenas. No me cambia en nada. Yo seguiré pensando lo que he venido creyendo hasta ahora, seguiré sintiendo a mi manera particular e íntima el mundo que me rodea. Este mundo que cambia de color todos los días. E incluso, cuando una está triste porque no sabe si le van a publicar un libro -y por muy egoísta que resulte-, puede que se vuelva  transparente también.

El color de la tristeza

Desequilibrio

La historia nunca es completa. En cada rincón se esconde, en cada circunvalación, el reverso de la historia que nos cuentan; que es tan cierta como su contraria. Es algo que siempre me deja sin palabras, por su inmensidad.

Ayer fuimos al médico. En el centro estaba repleto de gente. En su mayoría jóvenes soldados que venían a pedir un permiso médico para no asistir al día siguiente a la base. Algunos de verdad enfermos, otros no tanto…No pasaban los 20 ninguno de ellos. Luego estábamos los que fuimos por alguna dolencia de adultos. No faltó quién se quejara de que los soldados tuvieran preferencia en ser llamados a pasar a la enfermería. Los mismos seguramente que luego se quejarán cuando alguien se atreva a decir algo en contra de su ejército. Solo los judíos podemos contar chistes de judíos, algo así es el asunto. Al final nos tocó a nosotros. Entramos a la enfermería y luego al médico que era un muchacho árabe. Los árabes israelíes no son alistados para prestar servicio. Porque no son judíos. No importa si son israelíes, “no se puede confiar en ellos”. Pero son esos mismos médicos los que revisan a los soldados que no quieren ir al ejército e irán igual y que el día de mañana -como ayer y como hoy- serán detenidos en algún punto de control por sospechosos.

Hoy salió en el diario, en España, una noticia sobre los médicos israelíes que atienden a refugiados sirios. Los mismos sirios que desconfían de nosotros porque así fueron educados. Un médico sirve a su causa, que debería ser la causa de todo humano: ayudar a que la vida de los demás sea un poco mejor.

Quiero creer que no son las personas las que están en guerra sino los gobiernos. A veces, algunas noticias, me hacen creer que estoy en lo cierto. Luego escucho en la calle comentarios racistas y creo lo contrario. O leo noticias que me congelan la sangre.

Quizá porque la Historia del hombre se conforma de sub-historias individuales que no dejan de sorprendernos. La vida está llena de ironías, de situaciones imposibles que el hombre hace posible. Para bien y para mal. Todo gira. Y el mundo es tan redondo que a veces pierdo el equilibrio, me mareo y siento que me caigo.

Desequilibrio

Con-memorar

Según Wikipedia, “la primera celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora tuvo lugar el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.” Cómo se corrió para el 8, no tengo ni idea y no es lo importante para este artículo. Sería interesante hacer un análisis de los países por los que se ha ido extendiendo y en qué marco político. Sería interesante saber si esto ha significado alguna diferencia a lo largo de la historia reciente de la lucha de la mujer por sus derechos.

Quisiera remarcar el hecho de que el Día Internacional de la Mujer comenzó siendo para la mujer trabajadora. Y aquí quisiera detenerme en la pregunta: ¿Qué es el trabajo? ¿Es el trabajo solo aquello por lo que se recibe una compensación económica? Y cuál es el monto mínimo para que una determinada actividad se considere un trabajo. ¿Tiene esto relación alguna con el hecho de que se paguen impuestos o una mujer que trabaje sin estar en plantilla es trabajadora? Y, a menos que el trabajo sea algo que se realice de manera obligada y sin placer, ¿no es trabajoso estar siempre atenta a lo que los demás puedan necesitar, una ayuda médica, una caricia, un plato de sopa, una cama tendida, un frasco de aspirinas, un par de pantalones nuevos, una planchadita a la camisa, una media que no aparece y tantos miles de millones de detalles que tenemos en mente a cada instante las mujeres que tenemos niños o padres a cargo (algunas incluso tienen maridos a cargo)? O estas mujeres no son trabajadoras, son madres o hijas o esposas y por eso el Día internacional de la Mujer no las incluye…

¿Qué conmemoramos? Conmemoramos que la diferencia de fuerza física permita a algunos descerebrados a usar los puños cuando no saben usar las palabras para explicar su frustración. Y la ley no haga lo suficiente. Conmemoramos que nos toquen el culo porque nos pagan un sueldo que igual es mucho más bajo del que nos correspondería si tuviéramos un par de huevos entre las piernas. Conmemoramos que no nos permitan acceder a puestos relevantes en el mercado laboral porque debe ser un poco humillante para un hombre tener que negociar su sueldo con una mujer. (Por suerte he dado con una de las pocas empresas en las que esto no existe, pero son la minoría). Conmemoramos que debamos elegir entre la maternidad y nuestra independencia económica y que casi siempre prefiramos ser buenas madres a ser mujeres libres de decidir dónde caernos muertas, o seguir vivas, sin temer a que nos impongan las ideas ajenas por falta de posibilidades. Conmemoramos que sea tan diabólicamente difícil llevar una vida armoniosa en la que tengamos un cachito de tiempo para todo porque todo exige un montón de tiempo y el día tiene 24 horas. Y en esas 24 horas queremos ser buenas profesionales y buenas madres y buenos padres y buenas hijas y buenas hermanas y buenas amantes y estar bellas y cuidar nuestra salud y alimentar también nuestro espíritu. Entonces desistimos de la salud, que es lo más fácil, o renunciamos a ser buenas profesionales. Y seguimos soñando con que algún día tendremos tiempo para todo. Cuando lleguemos a los 65 y nos jubilemos con una jubilación de mierda, pero al menos ya no nos va a importar tanto lo que opinen los demás. Nos maquillaremos demasiado para ir a tomar el té, cosa que nunca hicimos, con las amigas. Hablaremos de los dolores a causa de la osteoporosis, del temor de la convivencia con nuestras parejas cuando se jubilen y no sepan qué hacer con su tiempo libre, de nuestros planes más recientes. Y seguiremos conmemorando lo que jamás deberíamos haber conmemorado de un principio. Ni festejado, ni celebrado, ni haber creído tan importante como para tener un día especial. Porque el Día Internacional de la Mujer debe ser abolido y, en su lugar, deberíamos celebrar todos los días contar con la seguridad física, espiritual, social, económica y mental, que todo ser humano merece simplemente por su intrínseca condición humana.

Con-memorar